“Si me preguntas qué es la adicción,
te diré que no tiene cara,
que cambia de nombre cada noche
y aun así siempre sabes reconocerla.

Es una llave oxidada
que abre la misma puerta de siempre.
Sabes lo que hay detrás,
sabes que no encontrarás nada nuevo,
pero vuelves a girarla.

Es una voz pequeña,
más paciente que el tiempo,
no grita,
no obliga,
solo espera sentada en un rincón
hasta que te sientes a su lado.

La adicción es un reloj averiado
que marca la misma hora todos los días,
la promesa de llenar un vacío
que cada vez despierta más hambre.

Es decir “solo una vez”
con la misma boca
que ayer dijo exactamente lo mismo.

Es perseguir un espejismo
a través del desierto,
beber arena creyendo que es agua
y convencerte después
de que la sed era culpa tuya.

Tiene algo de refugio,
y algo de prisión.

Te presta alas de papel
para que olvides el suelo,
y cuando llega el viento
te deja caer solo.

La adicción no siempre mata de golpe;
A veces se conforma con robarte minutos,
luego tardes,
luego años enteros
sin que te des cuenta.

Y un día te miras al espejo
como quien visita una casa abandonada,
buscando entre los escombros
a la persona que vivía allí antes.

Si me preguntas qué es la adicción,
te diré que es una sombra testaruda,
un fuego que promete calor
mientras consume la madera de la casa.”